Las noches que no sueño, las noches que no duermo bien. Paso tiempo con mi cabeza y con mi corazón que, por suerte, son del mismo equipo. La oscuridad ilumina mi inspiración y crea imágenes que nunca alguien se podrá imaginar, secuencias y misterios, recuerdos olvidados con una pizca de novedad. No importa mucho que todos estén durmiendo, no importa si todos se quieren ir; importa que mi concentración se concentre en lo que yo quiero, importa que mis sentidos funcionen a pesar de alguna que otra suciedad.
Cuando anochece las cuestiones que nos hacen cuestionar nuestra existencia aparecen con mayor intensidad, las dudas pueden volverse angustias y la felicidad puede aparecer por una simple noticia que no nos debería importar. Es cuando el día descansa que las cabezas que vuelan pueden hacerlo con tranquilidad, sin chocar con orgullos frenadores ni espíritus que por falta de confianza solo quieren reprimir. Es cuando el cielo parece una sombra que los fantasmas aparecen con frecuencia para motivarnos a no olvidar, a recordar y reflexionar sobre lo que somos y queremos ser tanto como sobre lo que fuimos y nunca más volveremos a ser. Por las noches el pasado pesa, el presente suma y el futuro deja mucho que desear. Por las noches el día parece muy lejano.